Hablemos

T30

Muchas veces me he preguntado desde qué remota virtualidad poética surge el pálpito encadenado al avatar humano de Octavio Santana Suárez, hijo del maestro en fórmulas magistrales y de la farmacéutica de Telde, a la manera en que otra figura de las letras, León Felipe, viera pasar desde la humilde ventana de su casa en un pueblo del solar castellano la grandeza imperial de la patria,...

¡Ah!, decía León Felipe, ¡quién tuviera una casa solariega y blasonada y el retrato de un mi abuelo, con una mano en el pecho y la otra en el puño de la espada!, versos que tienen las mismas resonancias de otro poeta de la patria canaria, aquel honrado y sencillo hombre, Fernando González, al que le conmovía la sombra grata de los laureles de la alameda de San Juan bajo cuyo cobijo tuvo los primeros sueños de infancia, ¡tan cercanos al patio de luces en que transcurren los primeros años de este nuevo andariego de nuestro tiempo, Octavio Santana, amigo del alma, del que me resuenan los versos de Alonso Quesada, cuando dice : “¡bendita la pobreza de mi casa, la soledad, las privaciones¡”

Y qué gran suerte que un día sintonizáramos nuestras vidas desde el cariño entrañable por un ser que declamaba como el poeta modernista, Tomás Morales, cuando, allá en Las Nieves de Agaete, ¡hace tantos años!, con Saulo Torón y otros poetas de aquellos días, nos recitara de memoria la Oda a la Armada Invencible...

Y qué enorme fortuna cuando, al avanzar en la lectura de sus versos, nos encontramos, como al santo de los caminos de Rudyard Kipling, con el poeta encariñado con los perros de los caminos de nuestra humilde tierra, tal el Faycán del gran Víctor Doreste –y Telde es la tierra de los faycanes- y su alma tiembla como la de un niño, pero tiembla de amor y no de miedo, porque esos canes del camino son puros amigos verdaderos.

Yo veo en la bondad de Octavio Santana Suárez un trasunto de herencia directa del de Fernando González, que se entregó a la causa del justo y que padeció la infamia e indiferencia del vencedor. Por eso digo que sus pensamientos están transidos de esa bondad, que es la sabiduría del fuerte, porque fortaleza y ánimo hay que probar, como él demuestra en este libro, su largo deambular por las tierras de los pueblos más pobres de la tierra que ven en nosotros, ciudadanos de la Unión Europea, ¡qué tremenda ironía de la historia!, sus posibilidades de alcanzar la redención y el bienestar de los que nosotros hemos empezado a disfrutar.


Alfonso O’Shanahan

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Actividad subvencionada por el Ministerio de Cultura

Ediciones Baile del Sol

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