- Timothy Balding
- Reseñas
EDUARDO GARCÍA ROJAS/DIARIO DE AVISOS
“Las chicas pueden ser terribles a la hora de olisquear e interrogar a sus amigas cuando tienen problemas, pueden ser como la maldita Gestapo. En cualquier caso, ¿por dónde iba? Sí; así que, ¿qué es mejor para estas mujeres abandonadas, aparecer solas para que las frían a preguntas o se burlen de ellas o despierten lástima o se vean arrinconadas, o parecer osadas y orgullosas en una habitación y verses admiradas por ir del brazo del joven, apuesto y fornido Will Power? No hay más preguntas, su señoría”.
Los impostores, Timothy Balding. Traducción: Eva Cruz. Colección: Narrativa, Baile del Sol, 2025).
Escrita por el periodista Timothy Balding, es muy probable que una novela como Los impostores despiste en un principio a los lectores en español aunque una vez se ha pulverizado esa barrera se lea este libro como lo que es, un divertimento, una historia que cuenta cosas (alguna de ellas muy serias) en clave de humor. De humor británico, que es ese que cuenta cosas divertidas con una aparente seriedad que, los que vivimos en el sur de Europa, no terminamos de entender aunque cuando se encuentra la clave, no deja de hacernos reír, en especial en el momento en el que la risa propone un juego intelectual que obliga a un esfuerzo --vamos a decir que mental--, con lo que se nos cuenta. Si cuenta algo.
Es tan larga la tradición de la literatura de humor británica como la española. Son dos universos afortunadamente ricos, y en algunos casos ambos mundos abordan (con el mismo valor que un pirata un barco de cualquier bandera) temáticas que reinterpretan géneros diversos. En el caso de la novela de Balding, la novela de misterio y la negra y criminal porque Los impostores es eso mismo, una historia de gente que interpreta papeles, juega a las apariencias. La idea puede resultarle lejanamente familiar a los que vieron en su día Familia (Fernando León de Aranoa, 1996), en la que un hombre solitario contrataba los servicios de un grupo de actores de distintas edades para que fingieran ser los miembros de su familia. En la novela de Timothy Balding, Janet, la esposa de un acaudalado banquero muerto aparentemente por suicidio, contrata a través de la agencia Extra! los servicios de uno de sus miembros para que interprete al mejor amigo del difunto, misión que recaerá en Will Power, un actor fracasado que descubre que si tuvo talento alguna vez fue para hacerse pasar por otra persona. Ponerse en la piel de un desconocido y presentarse ante los amigos del finado para que se olviden de investigar si la muerte del banquero fue voluntaria o no...
Además de Janet y Will Power, orbitan una serie de personajes a cada cual más delirante, entre otros, otro de los empleados de Extra!, o no, y que adopta (o no) los modos de un profesor centroeuropeo. Las pistas del circo se van multiplicando a medida que se avanza en la historia, relato que se confunde al final al con otras historias, pero todas ellas están muy bien hilvanadas por el escritor que, como se explicó al inicio, maneja muy bien las claves del humor con acento británico. El exquisito, el que dirige la comedia a la cabeza y no al estómago. Una delicia que pese a que ocasionalmente raye con la excentricidad, no deja de divertir o, lo que es mejor, que una sonrisa perenne se dibuje en los labios mientras se lee esta caprichosa odisea de identidades verdaderas y falsas que terminan por confundirse porque “tras la agitada fiebre de la vida, duerme la paz; ya nada podrá alcanzarlo”. La frase entrecomillada pertenece a William Shakespeare, un autor por el que Janet siente auténtica devoción y al que no deja de recitar cuando la ocasión se lo permite.
Que aparezca con citas Shakespeare revela otro elemento que explica porque insistimos que se trata de una novela de humor inglés en el sentido más clásico de la palabra. O como entiende el humor inglés dirigido a la cabeza quien escribe estas líneas apresuradas tras la lectura de este libro que está estructurado en 23 capítulos y que no llega a las doscientas páginas. Lo que se agradece en unos tiempos donde las novelas suelen rebasar las 400 y los cuentos un número inferior aunque no tan inferior como uno quisiera.
Los impostores ofrece no lo que anuncia el título, imposturas, sino más bien todo lo contrario. Encuentro en ella una interesante mezcla de géneros y unas poderosas ganas de reírse de cualquier asomo de seriedad. Eso se aprecia en el tono que mantiene la historia (las historias) a lo largo de todo el relato, y en el manejo que tiene Balding al presentarnos a todos sus personajes. Principales y secundarios. Antes mencionaba a un profesor vienés que puede ser de verdad o mentira, pero también nos encontramos con Mike Fielding, que es el jefazo de Extra!, un canalla muy divertido que está dispuesto a cualquier cosas dentro de los límites de la ley. Fielding asume el papel de Philip Marlowe, el detective privado de las novelas de Raymond Chandler, aunque le queda muy largo cualquier otro parecido con el mítico investigador.
La conclusión es que me lo he pasado muy bien con Los impostores, y que a ratos me he reído con las peripecias ante las que se enfrentan sus protagonistas. Shakespeare y filosofía se cruzan como si nada en esta deliciosa y disparatada comedia de hombres y mujeres que vienen a estar igual de solos que el finado, ese acaudalado banquero que, suicida o no, pone en marcha una novela que recomendaría leer a todos los que desean reírse o al menos sonreír mientras leen un libro.
Entre otros mensajes, y la novela disemina algunos mensajes, me llevo el mismo que cantó La Lupe en una de sus inmortales interpretaciones: la vida es puro teatro, y los que la viven actores. Impostores para que nos entendamos.