- María del Mar Rodríguez
- Entrevistas
Elizabeth López Caballero/LA PROVINCIA
Ha participado en la 11º edición del Festival Tenerife Noir con La viuda blanca, la novela que cierra la trilogía Relatos de unas islas desamparadas. ¿Cómo describiría la experiencia vivida en el festival?
Para mí, participar en un festival de esta categoría es un privilegio y estoy muy agradecida a la organización de Tenerife Noir por visibilizar mis novelas y por darme la oportunidad de compartir cartel con figuras internacionales y nacionales de prestigio reconocido. Aunque mi obra no es novela negra propiamente dicha, creo que ha sido incorporada a esta propuesta por la crítica social que puede contener y porque en ella está muy presente la mirada de los perdedores, de la emigración y de las invisibles.
¿Podría explicarnos qué es una viuda blanca?
La viuda blanca es el término que se utiliza para nombrar a las mujeres que fueron abandonadas por sus maridos cuando estos emigraron a Venezuela y que aparece tanto en trabajos académicos de autoras como María Eugenia Monzón como en el documental Viudas blancas, dirigido por Ana Pérez Pinto, Dailo Barco Machado y Estrella Monterrey en 2012. Este documental relata la historia de mujeres que permanecieron en las islas mientras sus maridos emigraban a Venezuela durante la posguerra y las décadas posteriores.
¿Fue ese documental el germen de la novela?
Este documental puso en su momento delante de mí la realidad de unas mujeres que fueron olvidadas, abandonadas a su suerte y estigmatizadas por una sociedad que las obligó a «guardar el decoro» ante un marido ausente. Además, nunca contaron con la protección del Estado, que las mantuvo en una situación jurídica terrible, pues no eran solteras, ni viudas, ni casadas. Cuando empecé a escribir la novela pensaba que esta era una situación específica de la isla de La Palma, pero la presentación de la obra en diferentes puntos de las islas me ha permitido conocer historias durísimas de viudas blancas en otros puntos del Archipiélago, como en el norte de Tenerife y La Gomera. Los lugares cambian, pero el desamparo y la crueldad de la situación son los mismos.
Además, la culpa, la vergüenza y la doble estigmatización también están muy presentes en las historias las viudas blancas…
Así es. El patriarcado devuelve siempre la culpa y la sitúa en la espalda de la víctima. Cargaron con la culpa de ser abandonadas, sin saber muy bien por qué: «Me tocó», «es lo que estaba para mí», «me pintó así». Eso decían algunas de estas mujeres, agarrándose a la resignación y a un destino cargado de fatalismo. Estoy convencida de que en muchos momentos de sus vidas sintieron también el peso de la vergüenza y el estigma.
El juicio de la sociedad hacia estas viudas blancas parece casi más doloroso que el propio abandono…
Hay algo que me llama muchísimo la atención y es el secuestro de sus vidas por parte de una sociedad que determina, de forma muy clara, qué podrán hacer y qué no, dada su condición de mujeres abandonadas. En este sentido, el mandato de «guardar el decoro» ante un marido que ni está, ni se le espera, implica un control absoluto sobre la intimidad, el cuerpo, la sexualidad y la vida privada y pública de todas ellas, que se verán obligadas a «respetar» la memoria de un hombre ausente y a congelar sus vidas. Cumplieron un castigo siendo víctimas y fue una situación tremendamente cruel.
Cierra una trilogía y, con ella, aparece un duelo. Sus lectores se estarán preguntando: ¿y ahora, qué?
Ahora quiero concederme tiempo para, más adelante, en unos meses, plantearme la pregunta: ¿y ahora, qué? El cierre de una trilogía, la construcción de tres novelas en seis años y la promoción de estas desde una realidad insular, con todas las dificultades que eso implica, ha supuesto un trabajo precioso, pero intenso. Creo que ahora estaría bien concederme tiempo para que todo se asiente, para disfrutar del regalo que me hacen las lectoras y los lectores con sus comentarios, reseñas y emoción compartida, y para sentirme muy feliz con este parto múltiple que ha dejado a mi lado a tres mujeres: Petra, Maruja e Isabel, de las que me siento muy orgullosa porque creo que, de una forma u otra, nos representan.
¿Qué fue lo más complejo de escribir Relatos de unas islas desamparadas?
Cada momento ha tenido su complejidad, porque ha sido este un empeño cuyo alcance desconocía. Escribir una trilogía no formaba parte del plan inicial; la idea era solo escribir. Pero una vez que se cierra la primera novela y se supera el reto de completar páginas con un mensaje sentido y coherente para mí, aparecen otras dificultades propias de un mundo que me era totalmente desconocido. ¿Qué hago ahora con esto? ¿A quién se lo enseño? En este sentido, mi agradecimiento para mi editorial, Baile del Sol, que me ha cuidado y acompañado en estos seis años y lo sigue haciendo.
Y a nivel personal, ¿cómo influyó en usted?
En relación con la parte más íntima, con el propio acto de escribir, creo que he estado muy atenta a dos cuestiones: la coherencia, tanto en la construcción de los personajes como del contexto -las investigaciones de historiadores como Salvador González Vázquez, Aarón León Álvarez, Ricardo Guerra Palmero o Alfredo Medero han sido fundamentales para mí-; y la emoción que me producía lo que iba escribiendo, en el sentido del buen gusto que me dejaba al releerlo, el disfrute que sentía al narrar. He tratado de mantener la atención a lo largo de todo el proceso en estas dos cuestiones, pero no siempre ha sido fácil.
¿Considera que no somos conscientes o respetuosos con las vivencias -y las historias- de nuestras antepasadas?
Creo que en nuestro país nos encontramos ante un doble olvido y tiene que ver con la memoria histórica y con la invisibilidad de las mujeres. Frases como «en Canarias no hubo guerra» las escucho en las presentaciones que he hecho de esta trilogía en la península. Y en relación con nuestras antepasadas, con las mujeres de nuestra tierra, el olvido es mayor aún. Se las ha olvidado por perdedoras y por mujeres. Figuras como Blanca Ascanio Moreno, Margarita Rocha Mata, Isabel González González ‘Azucena Roja’, Carmen Goya, Peregrina Ventura, Sara Pérez, entre otras muchas, deberían ser recordadas por su valor, su generosidad y su compromiso con la igualdad durante la Segunda República. Otras muchas, menos politizadas, como nuestras abuelas y nuestras madres, también deben ser recordadas y respetadas por todo lo que nos dieron desde un lugar, el que ocupaban, en el que dar era difícil porque tenían poco. Y, aun así, lo hicieron.
*Publicado orinalmente en: https://www.laprovincia.es/cultura/2026/03/10/maria-mar-rodriguez-viudas-blancas-127759532.html